Opinión
Análisis

Manifiesto: la entrega de Milei, Argentina bajo coloniaje encubierto

Daniel Omar Montiel, militante.

Por Daniel Omar Montiel (*), especial para NOVA

 Un “acuerdo” que es, en realidad, una rendición

El llamado acuerdo comercial entre el gobierno del cruel presidente autocrático Javier Milei y los Estados Unidos no es un pacto entre naciones soberanas.

Es una pantalla, una máscara, un instrumento de sometimiento disfrazado de “modernización” cuyo verdadero objetivo es reinstalar el viejo y brutal coloniaje estadounidense sobre nuestro país.

Milei no firmó un acuerdo: *firmó la entrega de la Patria.

Con esa firma, la Argentina queda reducida a neo colonia yanqui, sometida, arrodillada y sin poder de decisión real sobre su destino.


Lo negativo para la Argentina 

El acuerdo convierte a la Argentina en territorio subordinado a intereses extranjeros, anulando su capacidad de construir un proyecto nacional independiente.

La apertura indiscriminada destruye la industria, cierra pymes, pulveriza empleo y desarma cualquier política de protección estratégica.

Las reglas dejan de diseñarse en Buenos Aires: se dictan desde Washington, imponiendo estándares que favorecen a corporaciones norteamericanas y encarecen medicamentos, tecnología e innovación local.

En este esquema de entrega, el país deja de ser una nación productiva para transformarse en una factoría, destinada a proveer recursos y manufacturas de bajo valor agregado.

Los trabajadores argentinos —expulsados por la desindustrialización programada— quedan reducidos a mano de obra barata, disponible para empresas extranjeras que desembarcan aprovechando la debilidad estructural de la Argentina.

La reforma laboral impulsada por Milei completa el cuadro: elimina derechos, flexibiliza al extremo las condiciones laborales y desprotege al trabajador.

De esta manera, Milei abre las puertas a la nueva esclavitud del siglo XXI, un modelo donde el argentino se vuelve un trabajador descartable, precario y sometido a reglas impuestas desde afuera.

El agro queda en desventaja frente a la competencia subsidiada de EE.UU., mientras los recursos estratégicos —como el litio y los minerales críticos—pasan a responder a la agenda geopolítica externa.

Se anula la posibilidad de un desarrollo soberano al desmantelar el rol del Estado y prohibir políticas industriales.

La colonización avanza también en lo digital, lo tecnológico y lo ambiental, entregando la gestión de nuestras plataformas, datos y recursos naturales a intereses foráneos.

El país queda así bajo supervisión permanente, convertido en una nación vigilada, dependiente y funcional al modelo imperial.


¿Por qué ocurre todo esto sin oposición? La omisión reina

La devastación avanza sin resistencia porque el sistema entero fue moldeado para no reaccionar.

La dirigencia política está fragmentada, paralizada por el miedo o directamente alineada con los intereses que impulsan la entrega.

Los grandes medios, cooptados por capitales transnacionales, ocultan, distorsionan y normalizan el saqueo en curso.

La Justicia, capturada por el poder económico externo, mira para otro lado.

Mientras tanto, el pueblo es mantenido en un estado de agotamiento permanente a través de pobreza, incertidumbre y angustia cotidiana que dificultan cualquier organización colectiva.

La estrategia se complementa con una colonización cultural que ridiculiza la defensa de la soberanía, instalando la idea de que reclamar dignidad nacional es “atrasado”.

Y mientras el país intenta comprender un atropello, ya se consumaron diez más.

Es la técnica del shock: saturar, dividir y desorientar al pueblo para que no pueda levantarse.

La omisión no es casual: es el mecanismo central de la entrega.

– Dirigentes que no hablan.
– Medios que no informan.
– Jueces que no actúan.
– Instituciones que no protegen.
– Un pueblo golpeado que lucha cada día por subsistir.

Todo está diseñado para que el coloniaje avance sin ruido.

Conclusión

Pretenden llevar al pueblo al agotamiento para aprovecharse de él, someterlo, desmoralizarlo y quebrarle la voluntad.

Creen que un pueblo cansado es un pueblo vencido. Pero se equivocan.

Porque cuando el pueblo agota su paciencia, hace tronar el escarmiento, y en ese instante no hay césares, zares, reyes, dictadores, explotadores, ni libertarios entreguistas de cuarta que puedan detenerlo.

Basta con leer la historia. Y la historia enseña —una y otra vez— que cuando la opresión alcanza su límite, el pueblo se levanta, y ninguna fuerza de la tierra puede frenarlo.

Es una historia que se volverá a repetir sin ninguna duda.

Y cuando llegue ese momento —cuando el pueblo, triunfante y despierto, se libere de “las plagas de Egipto” que hoy lo castigan— volverá a caminar hacia su destino natural: una Patria Libre, Justa y Soberana, reconstruida desde la dignidad, la memoria y la fuerza invencible de quienes jamás aceptaron la esclavitud como destino.

(*) Militante del Nuevo Modelo Formoseño.

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