Opinión
El hambre del pueblo

Manifiesto de denuncia, dignidad y verdad

Daniel Omar Montiel, militante formoseño.

Por Daniel Omar Montiel, especial para NOVA

El hambre del pueblo no es una estadística.
No es una planilla de Excel.
No es un gráfico en un informe económico.

 

El hambre es un plato vacío.
Es un padre que no sabe qué darle a sus hijos al anochecer.
Es una madre que se acuesta sin comer para que coman los demás.
Es un niño que aprende demasiado temprano lo que significa la palabra necesidad.

El hambre es real.
Y es injustificable.

Hambre no es solo falta de alimento

Hambre es también la falta de futuro.
Hambre es el salario que no alcanza.
Hambre es no poder comprar medicamentos.
Hambre es ver a los hijos abandonar los estudios porque la casa ya no resiste más gastos.
Hambre es no poder pagar la luz, el agua o el alquiler.

La vida digna no es solo sobrevivir.
La vida digna es vivir con derechos, con esperanza y con horizonte.

La mentira del derrame

Durante décadas se repitió el mismo verso neoliberal:
que primero había que enriquecer a los de arriba para que, algún día, algo cayera hacia abajo.

La teoría de la copa rebosante.

Pero la copa nunca rebosó.
La copa se hizo cada vez más grande, más alta, más lejana.
Y el pueblo nunca recibió ni una gota.

Esa teoría no fracasó por accidente.
Fracasó porque estaba pensada para beneficiar a unos pocos.

El llamado “derrame” no fue una esperanza incumplida.
Fue una falacia.

Detrás de esa falacia existe una realidad más profunda:
la ansiedad codiciosa de dinero y poder del neoliberalismo es insaciable, perversa, inmoral e inhumana.
Una codicia enfermiza que genera daño, dolor y muerte.

Sus acólitos no dudan en sacrificar vidas humanas en el altar del dinero y de la rentabilidad.

Opresión y desigualdad

Cuando el pueblo trabaja y no puede vivir, eso no es libertad económica.
Es opresión.

Cuando el trabajador produce riqueza pero no puede alimentar a su familia, eso no es progreso.
Es injusticia.

Cuando la democracia se reduce a votar mientras la vida cotidiana se vuelve cada vez más dura, eso no es plenitud democrática.
Es vaciamiento de la democracia.

Y cuando un país deja de decidir su destino y entrega sus recursos, su producción y su soberanía, eso no es modernización.
Es colonia.

Una colonia del siglo XXI.
Una esclavitud sin cadenas visibles, pero con necesidades que atan.

El costo humano

Esta realidad se expresa de manera brutal en el ataque del gobierno nacional “libertario” contra los sectores más vulnerables:

niños con cáncer,
bebés con cardiopatías congénitas,
personas con discapacidad,
adultos mayores.

En nombre del ajuste y del ahorro, se les quitaron medicamentos y tratamientos, condenando a muchos al sufrimiento evitable y, en algunos casos, a muertes que podrían haberse prevenido.

¿De qué sirve que se “arregle la macro” si el costo es la pérdida de vidas humanas o secuelas irreversibles?

¿De qué sirve una economía así?

La economía se basa en la satisfacción de las necesidades humanas.
De todas.
No solo de los ricos.

Cuando un sistema económico no satisface esas necesidades y, por el contrario, multiplica el sufrimiento de los más débiles, deja de ser una herramienta de progreso para convertirse en un instrumento de injusticia.

Basta de versos e hipocresías

Basta de discursos que hablan de números mientras el pueblo habla de pan.
Basta de teorías que prometen un futuro que nunca llega.
Basta de pedir sacrificios eternos a quienes nunca fueron responsables de las crisis.

El pueblo no es una variable de ajuste.
El pueblo es la razón de ser de la Nación.

La dignidad del pueblo

Los pueblos pueden soportar dificultades.
Lo que no aceptan eternamente es la injusticia.

Porque el hambre no solo debilita el cuerpo.
También despierta la conciencia.

Y cuando la conciencia despierta, la historia cambia.

El hambre del pueblo no es solo una tragedia.
Es un grito.
Un grito que, tarde o temprano, se escucha.

Clausura

La política económica actual del Gobierno nacional “libertario” no es una novedad.
Es la repetición de viejas y fracasadas agendas liberales:
fracasadas para el pueblo, aunque no para las élites adineradas.

Cada vez que esas recetas se aplican, el resultado es el mismo:
ricos cada vez más ricos,
pobres cada vez más pobres.

El pueblo ha llegado a su esclarecimiento no por teoría, sino por experiencia.
En su carne viva.
En su propio dolor.
En el hambre que no termina.

Las políticas que hoy se presentan como inevitables ya fracasaron para los pueblos y siempre lo harán, porque ningún sistema que ignore la dignidad humana puede dar frutos de justicia.

El pueblo puede ser humilde, pero no es ignorante.
Puede ser paciente, pero no es ciego.
Puede sufrir, pero no olvida.

La historia enseña una verdad que ningún poder ha logrado borrar:
cuando la injusticia se vuelve sistema, la conciencia se vuelve fuerza.

Porque el hambre no solo duele en el cuerpo.
El hambre despierta la dignidad.
Y cuando la dignidad despierta, ya no hay poder capaz de detener a un pueblo que ha comprendido.

El pueblo argentino ha aprendido en su propia carne.
Y lo que un pueblo aprende en el sufrimiento, nunca más lo desaprende.

Por eso hoy decimos, con la serenidad de la verdad y la firmeza de la justicia:

Basta de versos.
Basta de hipocresía.
Basta de sacrificar al pueblo en nombre de teorías que solo enriquecen a unos pocos.

Porque ninguna Nación puede llamarse justa si su pueblo tiene hambre.
Y ninguna economía puede llamarse humana si para funcionar necesita el sufrimiento de los más débiles.

El hambre del pueblo no es solo un grito.
Es una advertencia de la historia.

Y la historia, tarde o temprano, siempre habla.

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