Opinión
Advertencia institucional

Argentina, ¿fin de la democracia?

na reflexión crítica de Daniel Montiel sobre los límites del poder, el debilitamiento de las instituciones y el rol del pueblo en la defensa del orden constitucional.

Por Daniel Omar Montiel, especial para NOVA

Prólogo

Este texto no nace del fanatismo ni de una disputa partidaria. Nace de una preocupación cívica: la defensa de la democracia.

La democracia no se pierde solo cuando se vota, también se debilita cuando el poder deja de tener límites reales.

Leer lo que sigue no exige coincidir. Exige pensar si la democracia que nombramos sigue siendo la que vivimos.

La pregunta inicial del título no se afirma con liviandad ni desde una trinchera partidaria. Si lo que aquí se manifiesta es real y la mentira no tiene cabida, entonces ha llegado la hora del Pueblo.

I. Definición primera: qué es democracia

La palabra democracia proviene del griego dêmos (pueblo) y krátos (poder). Democracia significa, literalmente, el poder del pueblo.

En una democracia verdadera, el pueblo no delega su poder, lo ejerce a través de representantes. Por eso el pueblo es el mandante (el que manda) y el gobernante es el mandatario (el que cumple un mandato).

El pueblo elige a un mandatario para que haga su voluntad, no la propia, la personal del ciudadano elegido. Cuando el mandatario deja de cumplir la voluntad del pueblo y empieza a imponer su voluntad personal, sus ideas, sus intereses o los de grupos de poder, la democracia deja de existir.

En ese punto ya no hay dêmos-krátos. Hay autocracia: poder personal ejercido desde un cargo que fue usurpado en su sentido democrático.

Si el pueblo no gobierna ni se hace su voluntad, punto: fin de la democracia.

Todo lo que sigue es la explicación de esa verdad.

II. ¿Cuándo termina una democracia?

Una democracia no muere de un día para el otro. Muere por etapas, casi siempre desde adentro y con apariencia de legalidad.

El fin real de la democracia ocurre cuando se dan todas estas condiciones a la vez:

  • El poder deja de estar limitado por la Constitución.
  • El control judicial se vuelve formal, débil o ineficaz.
  • La protesta social se criminaliza.
  • La inteligencia y la seguridad se usan contra la ciudadanía.
  • El Poder Ejecutivo se coloca por encima de la ley.
  • El pueblo deja de poder corregir el rumbo por vías institucionales.

Cuando estas condiciones se consolidan, la Constitución sigue existiendo en los papeles, pero deja de regir en la realidad. La ley se transforma en decorado. La democracia, en una palabra vacía.

III. La paradoja final

Si se aplicara el mismo criterio que se pretende usar contra ciudadanos comunes, el primer sujeto pasible de investigación por atentado al orden constitucional debería ser quien lo vulnera desde el poder.

Pero eso no ocurre, porque el poder redefine qué es “orden”, redefine quién es “enemigo” y se excluye a sí mismo del control que impone a los demás.

Cuando eso sucede, la Constitución deja de ser ley suprema y pasa a ser retórica vacía.

IV. La paradoja del poder y la Constitución

Cuando la ley se invoca contra el pueblo y se suspende para quien gobierna.

Si la Constitución Nacional valiera de verdad para todos, nadie debe quedar exento de su alcance jurídico.

Esta es la paradoja central de nuestro tiempo: desde el gobierno nacional se invoca la “defensa del orden constitucional” para vigilar, perseguir o amedrentar al pueblo, pero se la suspende de hecho cuando quien la vulnera es el propio Presidente de la Nación.

V. Una Constitución que no puede ser selectiva

La Constitución no es un instrumento discrecional del Poder Ejecutivo. No es un arma contra los débiles ni un escudo para los fuertes. Es, por definición, un límite al poder, no una coartada para su abuso.

Cuando un gobierno gobierna por decretos permanentes, desmantela derechos sociales básicos, desconoce el principio de progresividad de los derechos, ataca a jubilados, personas con discapacidad, niños enfermos y sectores vulnerables, y subordina la soberanía política, económica y social a intereses externos, no estamos ante una opinión ideológica.

Estamos ante hechos objetivos que lesionan el orden constitucional.

VI. ¿Quién atenta contra el orden constitucional?

No es quien protesta.
No es quien organiza al pueblo.
No es quien denuncia.

Atenta contra el orden constitucional quien vacía el Estado de sus funciones esenciales, desconoce el mandato constitucional de proteger el bienestar general (art. 75 inc. 19), viola el principio de razonabilidad de las leyes y de los actos de gobierno (art. 28) y gobierna como si la soberanía residiera en los mercados y no en el pueblo (art. 33).

El mayor riesgo para la Constitución no viene de abajo. Viene desde arriba.

VII. La inteligencia como herramienta de disciplina

Cuando se habilita a organismos de inteligencia a detener personas sin orden judicial, actuar sobre conceptos vagos como “influencia”, “injerencia” o “interferencia” y operar sin control previo del Poder Judicial, no se está defendiendo la Constitución. Se la está vaciando de contenido.

Porque la Constitución exige debido proceso, control judicial, presunción de inocencia y división de poderes. Eliminar esos límites es atentar contra el corazón mismo del orden constitucional.

Si se aplicara el mismo criterio que se pretende usar contra ciudadanos comunes, el primer sujeto pasible de investigación por atentado al orden constitucional sería el propio Presidente.

VIII. Cierre de conciencia

Lo escrito, escrito está. Basta releerlo para tomar mayor conciencia de esa realización: el fin de la democracia.

Todo lo anterior no es consigna vacía. Es diagnóstico, advertencia y responsabilidad histórica.

Consigna final

  • ¿Qué hacemos como pueblo ante esta realidad?
  • ¿Nos resignamos?
  • ¿La naturalizamos?
  • ¿Nos callamos?
  • ¿No defendemos a la Democracia, nuestro mayor derecho político y humano?

El pueblo tiene la palabra y tiene la acción para responder estas preguntas.

Solo espero que el espíritu democrático del Pueblo Argentino siga latiendo en su corazón. Ese espíritu libre, indomable, patriótico, a favor de la Vida, la Justicia y la Paz. Todos valores que se conquistan y se defienden.

Ya hemos sido castigados en la historia por los perversos, inmorales e inhumanos. Una tragedia que solo ha traído para los argentinos división, dolor y muerte.

No permitamos esta vez que esa historia se repita. Si alguna vez nos pusimos de pie y dijimos ¡NUNCA MÁS!, que así sea: ¡NUNCA MÁS!

LA DEMOCRACIA NO SE NEGOCIA.
LA DEMOCRACIA SE DEFIENDE.

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